Como es natural, terminó escuchando a Cafrune, a José Larralde y a Atahualpa Yupanqui, y con este último, tocó un enorme filón, esto no hace falta que lo digamos nosotros, porque dio con otros ritmos más norteños, de mayor presencia rítmica, que quiza era lo que Mauricio andaba buscando. Sin embargo no abandonó la milonga, un género que mantuvo durante bastante tiempo, y con el que comenzó su faceta de concertista en solitario.

       
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LA FACETA ARGENTINA DE MAURICIO

Los que habeis seguido al Mauricio rocker seguro que sabeis mucho de su historia en este tipo de música, pero quizás desconozcais la otra faceta, la etapa argentina, en la que compuso canciones extraordinarias. Aquí la iremos contando e ilustrando, según vayamos consiguiendo nuevo material.

por Jaime González

       
       Mauricio vuelve con la determinación de traer a Carlos Carabajal a España, y busca apoyo en las instituciones: consigue abrir la difícil puerta de la Hispanidad para las fiestas del Pilar, algo en lo que Mauricio había insistido siempre, y conseguimos una actuacion  en la plaza del Pilar, y otra en la Carpa de Moret para los Pilares de ese año. Además, se las ingenia para conseguir la grabación de un disco con el sello Tecnosaga, de Madrid.

       











       También en Cosquin Mauricio conoce a un excelente guitarrista, Atilio Fischer, que tocaba con un cantante e instrumentista, Esteban Sarlenga. Traban amistad y Mauricio los invita a ir a España. Ellos aceptan y esa misma primavera pasan mes y medio aproximadamente en Zaragoza, en casa de un amigo músico, el compositor y guitarrista Carlos Arroyo.
       Tras el regreso a Argentina de Carlos Carabajal, Mauricio decide ampliar el grupo: tiempo atrás había colaborado con Carlos Arroyo y Alicia Fernandez tocando con ellos el contrabajo, y al enterarse de que habían dejado de trabajar juntos, le propone a Alicia venirse a cantar con nosotros. Así incorporamos una voz femenina al grupo, comenzamos a cantar por ahí, y al poco tiempo nos ponemos a grabar una maqueta promocional en el estudio de grabacion del local del grupo Amankay. Fué por entonces cuando apareció el nombre del Almagato. Se grabaron siete canciones en seis tracks, y el resultado le gustó tanto a Mauricio que decidió comercializarlo: Se llamó Siete canciones al modo argentino. En aquel CD había un tema de Peteco Carabajal, Canción para la estrella azul, estaba Razón de vivir, una canción de Víctor Heredia, y cinco temas compuestos por Mauricio: Vidala del Monte, Aunque vayan diciendo, La Enamorada, Coplitas para mis pasos y Apenitas. Mauricio buscó apoyo para la producción del disco y lo encontró en su amigo Carlos Gurpegui, quien desde la revista La Mosca colaboró en la edición.

       Pasados los pilares de aquel año 98, me comentan  que ha llegado a Zaragoza una chica argentina que canta folklore y está interesada en conocer gente que actúe. Quedo con ella en el bar El Sol, y después acudmos a casa de Mauricio, donde había ensayo del Almagato. Se llama Patricia Badian, es bonaerense, y ha venido a Zaragoza a estudiar canto lírico, pero le gusta el folklore y toca percusion. A Mauricio le gusta su voz, propone incluirla en el proyecto y así entra Pato a formar parte del grupo. 
       




continuará
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       Con esta formacion de quinteto, el Almagato se pone a defender en directo el CD: se hacen muchos conciertos en diferentes locales y centros culturales, charlas, conferencias, y Mauricio propone reservar lo que se saque de la venta del disco para viajar a Argentina y asistir al 28º Festival de la Chacarera, que se celebra anualmente en la Banda, en la provincia de Santiago del Estero, y así responder a la invitación que nos hace Carlos Carabajal.
       Almagato viaja a Argentina el 1 de enero del 2000. Lo hacemos en dos vuelos diferentes, Mauricio y yo en uno, y Ali, Pato y Jaimito en otro. El síndrome del milenio se nota, porque vamos prácticamente solos en el avión. Una vez juntos en Buenos Aires, visitamos a unos amigos de Patricia, con los que ella se queda un par de días. Más tarde viajarán todos a Santiago para reunirse con nosotros en el festival. Son músicos, básicamente percusionistas, y la buena onda es inmediata.
        Alicia, Mauricio y los dos Jaimes viajamos desde Buenos Aires a Santiago en autobús: 12 horas. Los autobuses argentinos son bastante cómodos: están pensados para las grandes distancias y sus asientos se reclinan casi totalmente, así que viajamos durmiendo.




Una charla en la facultad de Filosofía y Letras
Calles de La Banda después de un aguacero
Mauricio, Carlos y Jaime. Borja, 1996
El Puente Carretero sobre el Río Dulce
   Ica Novo
Horacio Guarany
Mauricio, Atilio y Esteban, Zaragoza, primavera de 1994
En casa de Carlos Carabajal con Cuti y los chicos. Cantan Rozario y Florencia (4 años), dos nietas de Carlos.
En el patio de Carlos. Bailan Riqui, Rozario, Santiago y Florencia,  nietos de Carlos.
Dia de Reyes. Hemos traído carbón de azúcar para los chicos , y Carlos aprovecha el asado que  se está preparando en el patio  y les gasta una broma a sus nietos.

Luis Lazarte y Mauricio por las calles de Santiago
Mogollón en la puerta de la casa de Carlos.
Mauricio y Roxana Carabajal en el Río Dulce

Luis Lazarte y Mauricio guitarreando
En casa de Martin Rodríguez

Con Alberto Avila. ¡Ya tenemos bombo !

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En el patio de Froilán González, música y brujería...

       La Banda es una localidad separada de Santiago capital por el Misqui Mayu, el Río Dulce, que cruzamos sobre el Puente Carretero. Muchas de sus calles son de tierra. El calor, lo normal en Enero, es tremendo en Santiago. Carlos nos está esperando en la estación. Nos ha reservado unas habitaciones en una especie de bungalow que hay a la vuelta de su casa. Pero las comidas y las reuniones las hacemos juntos en su casa. Hoy ha venido Cuti, el hermano de Carlos, con sus  hijos Agustín,  Florián y Belén. En la sobremesa, se canta y se charla.

       En Argentina, y en especial en Santiago, como en la antigua Córdoba española, es tradicional la reunión familiar en el patio, por  lo general cuando cae la noche y refresca un poco. Una mesa, algo de comida y bebida, y música, y ya hay entretenimiento para toda la noche. Los chicos ya bailan con gracia, aun los más pequeños, como Santiago, que no llega al año y apenas acaba de dejar de gatear.


       Alberto Ávila nos sugiere que visitemos a Martín Aníbal Rodríguez, un violinista ya anciano, del que nos dice que es interesante conocerlo. Y vaya que si lo es. Ochenta y cuatro años y una vitalidad y una chispa increíble. Eso sin contar cómo tocaba el violín...
       Gabriela Daga es una buena amiga de la familia Carabajal, y entusiasta de la música santiagueña. Ella nos llevó a ver cómo era el ambiente en el patio del Indio Froilán González, el constructor de bombos más famoso de Santiago, y por lo tanto de Argentina. Allí se organizan asados los domingos, con actuaciones, baile y música.

     

       
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EN SANTIAGO DEL ESTERO
        Otra relación importante surge a través de dos buenas amigas, Blanca y Angelita, que le presentan a una cantautora argentina residente en Binéfar, con la que establece enseguida un fuerte vínculo tanto musical como de amistad. Este vínculo perdura, y nosotros seguimos en contacto estrechísimo con Gloria Geberovich, que es una excelente amiga y una extraordinaria compositora, que ha colaborado en muchas de las actuaciones y discos del Almagato.
Mauricio y Gloria
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       El día en el que íbamos a tocar amaneció diluviando, y así estuvo toda la mañana, así que no fue de extrañar que anunciaran, horas antes del inicio de la apertura, que, dado el estado del césped del estadio (los sapos corrían literalmente por él), el festival se posponía a la noche siguiente.
       
       De momento, esa noche se preparó una fiesta a lo grande en el salón de la casa de Carlos. Para quien no lo sepa, Carlos Carabajal compró una peña, o sea, un edificio destinado a la representación del folklore, para vivir allí, y poder compartir música y mesa con quien se quiera acercar. El salón es como un hangar: medirá por lo menos 30 metros por quince, de manera que cabe perfectamente un grupo actuando y su público. Esa noche nos juntamos allí algunos de los artistas que ibamos a intervenir en el festival, y estuvimos comiendo y bebiendo y, claro, cantando y bailando hasta las seis de la mañana.

       La jornada de nuestra presentación en el festival transcurrió lenta, resacosa y llena de nervios y de dudas. Patricia llegó incluso a decir que no iba a poder subir al escenario, que no se encontraba bien, lo cual era cierto, pero sus amigos bonaerenses, que habían venido a vernos, la animaron y al final, la convencieron. Lo cierto es que era una enorme responsabilidad, porque el público santiagueño no se caracteriza precisamente por su indulgencia con el artista: si éste no le gusta, se lo dice clarito. Es como si fueras a tocar flamenco al Sacromonte. De modo que, cuando llegó la noche del Festival, estabamos como flanes...

       Para colmo de desgracias, ya en el estadio, con unas doce mil personas de público, metidos en harina y escuchando entre bastidores a quienes nos precedían en el escenario (los Hermanos Villagra), oímos, horrorizados, cómo tocaban, en su última intervención, el Escondido de la Alabanza, la pieza con la que queríamos abrir nosotros, y dicho sea de paso, la que mejor nos salía. Cambios, "-Esta sí, esta no...", más nervios aún, cuchicheos y discusiones según salíamos y nos colocaban micros (no hay prueba de sonido, te sonorizan, y muy bien, sobre la marcha) Total, que Mauricio se adelantó a presentarnos -con un terrible acento baturro-, y solucionó el asunto arrancando directamente con Viene Clareando, de Atahualpa Yupanqui. Fue muy arriesgado, porque  una zamba que nombra a Tucumán, y en un festival de la chacarera, en un Santiago del Estero, no siendo de allí... nos podía haber salido bastante caro. Sin embargo, no bien las chicas entraron a cantar y el público escuchó de qué canción se trataba, arrancó espontáneamente a aplaudir, y ya nos relajamos, claro, y el resto de los temas discurrió sin problemas. Sólo estropeó la cosa un bis que nos solicitaron: No es habitual que en estos festivales, por los que pasan muchísimos artistas cada noche, dejen margen a los bises, porque se estira mucho la velada. Así que cuando, entre aplausos, ya nos habíamos retirado y estábamos bajando del escenario, nos dicen que hay que volver, que el publico pedía más. Flipábamos.

        Y lo que pasó fue que cuando volvimos y arrancamos con el bis, toda la ecualización ya estaba preparada para los que venían detrás, y el sonido y los retornos no fueron los mismos que con los temas anteriores. No nos oiamos bien, y el bis, Buscando voy un Remedio compuesto por Mauricio,  nos salió un poco horroroso, pero no nos importó mucho, porque lo esencial, lo más importante, era que el Almagato había conseguido gustar al publico santiagueño. Abajo nos esperaba la prensa  para hacernos entrevistas, y otros músicos que esperaban su turno nos felicitaban.

       

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Mauricio y Angelita


       Durante el Festival de la Chacarera tuvimos la oportunidad y la suerte de escuchar a músicos de la talla de Los Manseros Santiagueños, una formacion bien tradicional (cuarteto de voces, con tres guitarras y bombo) que tenían, a mi juicio, el mejor y más rotundo directo que he oído en aquella época. Y aquella fue la primera vez que, más que ver, atisbamos al fondo de la multitud que los vitoreaba, a los Coplanacu: Roberto, Andrea y Julio, gente entrañable que han acabado siendo amigos de verdad, como Peteco, Cuti, Juan Carlos y otros muchos.

       

       Ya de regreso en España, y con toda la euforia y el entusiasmo de la experiencia, nos pusimos Mauricio y yo a trabajar en un viejo proyecto que teníamos pensado desde antes incluso del arranque del grupo: un trabajo en formato musical y gráfico sobre todo lo que habíamos aprendido sobre los mitos y las leyendas de Santiago del Estero. La idea era que la familia Carabajal colaborase tanto en la redacción como en la grabación de un discolibro. Cuando se lo planteamos a Carlos le pareció una buena idea, e inmediatamente se había puesto a enumerarnos ejemplos y a sugerir ideas.

       En Santiago además, se habían gestado nuevas canciones, como Los Cinco Sentidos, una letra mía a la que puso música Mauricio, quien además rumiaba otras muchas canciones, que acabaron concretándose una vez en casa: Como Mateando Silencios, La Angelita, Alma Rota, dedicada a Víctor Jara, otros dos poemas míos a los que Mauricio puso música: la Vidalita del Viento y El Sueño del Monte, que fue el nombre que le dio al discolibro Mauricio.

       La situacion en la que éste se encontraba desde su regreso a España no facilitaba ni los directos (Mauricio había decidido, tiempo atrás, ingresar en Proyecto Hombre) ni la convivencia, ya que Olga y él acabaron separandose amistosamente.  Mauricio estuvo varios meses sin poder ver a nadie, tras los que pudo empezar una especie de régimen abierto cuando tuvo trabajo en una empresa que restauraba antiguos edificios, trabajo éste que le apasionaba, y más tarde llegamos a coincidir en una panificadora del poligono de Malpica, aunque en turnos distintos. Como no podíamos ni ir ni volver en mi coche, Mauricio tuvo que traicionar sus principios y aparcar a su querida bicicleta y sustituirla por una motocicleta infecta de cuarta mano, con la que más de una vez se quedó tirado yendo o volviendo del trabajo.

       
       La música corre por misteriosos caminos, y una de estas canciones, la vidalita del viento, fue la que nos llevó a conocer a quien hoy es un gran amigo, Luis Giménez, un formidable músico,  pianista y guitarrista de jazz, que, atraído por este tema, acabó con el tiempo formando una parte importante del Almagato.

       


       Con la Ayuda de Carlos Arroyo, que puso a nuestra disposicion casa, equipo de grabacion y su saber y experiencia, grabamos varios temas a lo largo de unos meses. En algunos de ellos intervino Luis Giménez, en cuyo estudio doméstico se grabó parte de la versión de La Gracia se Presentaba, de Peteco Carabajal, y La Angelita, un tema instrumental con aire de chacarera, que Mauricio dedicó a una amiga.

       

Luis Giménez

       
       
       Con más cara que espalda, se presentó en Cosquín en calidad de periodista, y nada más llegar, fue testigo de una bronca protagonizada por dos monstruos del folklore argentino, Horacio Guarany y Ricardo Novo (Ica Novo), que tenían muy distintos puntos de vista con respecto al grado de aperturismo de ese festival. Los pilló discutiendo en medio de un corro de periodistas y de gente.

       Guaraní, un cantante y compositor con mucha historia a las espaldas, abogaba por un festival exclusivamente folklorico, protagonizado únicamente por folkloristas clásicos; Ricardo Novo, mucho más joven que su interlocutor, opinaba que las nuevas tendencias le parecían muy bien, que le gustaba igual Yupanqui que los Beatles. Guaraní se cabreó y lo llamo sorete (capullo), y le dijo que parecía mentira que alguien que había compuesto una canción tan buena (una chacarera llamada la del norte cordobés), dijera esas tonterías. Luego se largó.

       

       



       

Jorge Cafrune
José Larralde
Atahualpa Yupanqui
Demi Carabajal
Mauricio, que había asistido a la movida sin enterarse de nada, le preguntó a Ica, como periodista, de qué iba la historia. Este le  preguntó a su vez por el periódico en el que trabajaba. Mauricio dijo que no era argentino, que era español. -"¿de qué parte de España?"- preguntó Ica, y cuando el Mauri le dijo que era de Zaragoza, Ricardo Novo dijo: -"¡no jodas!¿no conocerás a Curro Fatás, y a Fulano y a Zutano..?"- claro, le dijo Mauricio, y el otro, que tiempo atrás había vivido varios años en Zaragoza, le pegó un abrazo y se lo llevó a conocer todo lo bueno de Cosquín: a las Peñas, a los artistas amigos, etc. Mauricio acertó de lleno y a la primera. En esos paseos por las calles coscoínas conoció a Demi Carabajal, el menor de los hijos del llamado Padre de la Chacarera, Carlos Carabajal, y le llamó muchisimo la atención su manera de tocar y de cantar. Hicieron amistad, y ese fue el comienzo de la relación entre la familia Carabajal, de Santiago del Estero, y de un grupo español, el nuestro, que todavía no existía como tal.
 
       Guardo para el final  el encuentro que más nos impactó a Mauricio y a mí, que fue conocer a quien hasta entonces era nuestro ídolo, y que a partir de ahí se convirtió además en nuestro amigo: Volvíamos de una excursion por Santiago, y como siempre, comíamos en casa de Carlos, en Alberdi 1345. La mesa de Carlos, enorme, siempre estaba llena de gente nueva a comer, y como los Carabajal son tantísimos, uno nunca sabe si el nuevo que tienes a tu lado es de la familia o no.


Peteco Carabajal
Roxana Carabajal
Graciela Carabajal
Roberto Cantos y Julio Paz
Coplanacu
Javier Barreiro
       A partir de lo que él mismo nos contó, sabemos que Mauricio ya comenzó a interesarse por la música argentina cuando estaba en Mas Birras. De hecho, algunos de los temas compuestos por él en esa etapa ya sugieren este interés. Su desmarcación del grupo vendría un poco más tarde.

       Su atención se centró al principio en el tango, del que se documentó bien y a fondo: de la mano de Javier Barreiro, a quien "asaltaba nevera, discoteca y biblioteca a un tiempo".

       Conocía y se acordaba, según él, de unas ochocientas letras de tango, que te podía cantar y tocar si se lo pedías.

       El tango dio paso a la milonga, un tipo de música rioplatense, del que también Mauricio se documentó a fondo, y llegó a componer algunas de gran valor, como la Milonga con Ruedas, dedicada a su bicicleta. También tiene algun candombe compuesto, que acabaremos grabando algun día...
Su contacto definitivo con la chacarera, Santiago del Estero y el resto del folklore ocurrió en el año 94, cuando se organizó en Zaragoza el Festival de Amigos de Latinoamerica, en el Principal, en el que él intervino junto a Paco Ibañez, Xavier Ribalta, Javier Krahe, Jose Antonio Labordeta, Joaquín Carbonell y Carlos y Alicia, y del que surgió un viaje a Chile.

       Mauricio se embarcó en ese viaje a Chile con otros dos cantautores aragoneses (Carbonell y Petisme) y, una vez allí, se descolgó para irse a Buenos Aires. Allí se entrevistó con José Larralde (al que recordaba como un tío estupendo), y de donde lo encaminaron al norte, a un lugar donde en aquella época, (mes de Febrero) se hace anualmente un festival nacional en la provincia de Córdoba: el festival de Cosquín. Si quería conocer folklore, allí lo iba a encontrar. Y vaya que si lo encontró.
       
       En otoño del 1994 Mauricio y yo nos conocemos, (casualmente,  yo había conocido años atrás a Ica Novo) y empezamos a trabajar juntos: dimos un primer concierto en los Pilares de ese año en el edificio Pignatelli. En contacto con Juan Carlos Carabajal, que nos envía material de trabajo (cassetes y libros), profundizamos en el folklore de Santiago del Estero. El plan de Mauricio era invitar a Carlos Carabajal a venir para el Pilar del año siguiente, cosa que no se conseguiría. Sin embargo, Mauricio no se dió por vencido y siguió haciendo gestiones para traerlo al año siguiente. 
Juan Carlos Carabajal
       De Juan Carlos Carabajal podemos decir que nos ayudaba  ya desde antes de conocerle en persona, puesto que nos envió por correo compilaciones de música santiagueña a España, con comentarios e indicaciones, y una vez en Santiago, nos pasó ejemplares de su revista, Santiago, Guitarra y Copla, nos facilitó bibliografía, nos orientó con una chacarera que habiamos compuesto Mauricio y yo, y hasta la fecha seguimos en contacto, y él continúa llevándonos por el buen camino. Por cierto, no pertenece al clan Carabajal, aunque lleve el mismo apellido.
Juan Carlos Carabajal
Yamila Cafrune y Esteban Sarlenga
Mauricio y Gabriel Sopeña
       A todo esto contactamos con Jaime Lapeña, violinista multifacético, que aceptó el desafío del estilo sachero (rústico) del violin santiagueño. Ya éramos tres, y ya teníamos la base de la orquesta folklorica del norte argentino: guitarra, bombo y violín. Mauricio solicitó la grabación de un disco en Delicias Discográficas, que se grabaría en unos seis meses y se llamó De la Noche a la Mañana. En él colaboraron Alberto Moreno, del Amankay, Gabriel Sopeña, amigo de Mauricio, y el bajista Javier Estella. Salíó en el 95, y se presentó en la Rotonda de Delicias.
Jaime Lapeña
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       Fue Peteco el que nos abrió los ojos al Río Dulce, aunque cuando nos propuso ir allí a la hora de la siesta, creí que nos estaba tomando el pelo: El Mishqui Mayu (Río Dulce en quichua) vendrá a tener unas cuatro veces la anchura del Ebro a su paso entre Santiago y La Banda. A nosotros nunca se nos hubiera ocurrido ir alli precisamente cuando el sol, como dicen en Santiago, te flecha, o sea, te achicharra como si tuvieras un soplete gigante encima. El truco está precisamente en meterse en el agua en una zona tranquila, de espaldas a la corriente, y hacer hueco con el trasero en el fondo arenoso, de manera que allí sentado, el río te refresca y te masajea a la vez.
En realidad, la siesta la echas en el agua, no en la orilla, donde morirías asado. Puedes estar horas así, y como a lo largo de la costanera hay puestos, carritos y gente que vende helados, refrescos y comidas, se te hace -como se nos hizo- de noche sin darnos cuenta. La gente va a pasar el día en el río, literalmente. Yo he visto a quien se había metido a comer con silla y mesa de plastico en el agua, dejando fuera lo justo para no mojar la comida.
Domingo en el Río Dulce
Mauricio junto al Río Dulce
Mauricio y Blanca
Valeria Carabajal
Peteco y su hijo Homero a orillas del Río Dulce
       En el año 1996 Mauricio se casa con Olga, y su viaje de bodas tiene como destino Argentina: Capilla del Monte, en Córdoba, Buenos Aires, donde visitan a Esteban Sarlenga, que había formado pareja artística y sentimental con Yamila Cafrune, viajan a Salta, Jujuy y también, como no podía ser de otro modo, a Santiago del Estero, a la Banda, calle Alberdi 1345, la casa de Carlos Carabajal, que les acoge unos días, y que calma la curiosidad de Mauricio enseñándole técnica de rasguido y un montón de chacareras, zambas y otras canciones.

       Carlos Carabajal viaja con su esposa Doña Zita a primeros de Agosto del 96. Se graba el disco en tres días, y después nos invitan a tocar en un local de La Granja de San Ildefonso, entre Segovia y Madrid. El ambiente no es el ideal, y Carlos no se encuentra muy bien. Al dia siguiente amanece enfermo, lo que nos obliga a viajar urgentemente a Segovia, donde ingresa en un hospital durante casi un día, y después, bajo nuestra responsabilidad, nos trasladamos a toda prisa a Zaragoza para ingresarle en el hospital Miguel Servet, con una insuficiencia renal. El susto es mayúsculo, y bien que se lo recalcan los médicos del Servet al pobre Mauricio, diciendole que podía haber fallecido en el trayecto. Pero la capacidad de recuperación de Carlos Carabajal es extraordinaria, y a los dos días ya está organizando los ensayos con los dos Jaimes, Mauricio, el Amankay y, al cello Mariano Abad, director entonces del Coro de la Escuela Municipal de Música. Se hicieron varios conciertos además de los ya programados para el Pilar en la Plaza de la Seo y en la Carpa de Moret: en Borja, en Cariñena, en el Colegio Mayor Cerbuna, en la Campana de los Perdidos, donde el público le pedía otra canción, y otra, hasta totalizar tres horas y media de actuacion.


















ENERO DEL 2000
diez años ya...
       
       Y cuando las cosas parecían ir poco a poco normalizandose, llegó el mazazo final.

       Me acuerdo perfectamente del último ensayo de Mauricio con el Almagato, un sábado por la tarde en casa de Alicia, concretamente el 30 de septiembre: Pasé con el coche a recoger a Mauricio a su casa de la calle Pizarro. Parecía adormilado, y no hablamos mucho durante el trayecto. Serían como la seis de la tarde.
       
       El ensayo fue muy raro, porque todo él fue una repetición continua del inicio de uno de los temas para el disco del Sueño del Monte, La Muerte del Angelito. Mauricio insistía una y otra vez en repasar los rezos que habían de acompañar a la introduccion musical de la canción. Así pasamos toda la tarde.
       
       De regreso a casa, Mauricio me pidió que le dejase en la calle anterior, porque tenía que comprar el pan. Yo le dije que en todo caso, le esperaría en la puerta de su casa, porque llevábamos en el coche un bombo suyo, y yo no quería cargar con él todo el fin de semana. Cuando volvió, dijo que no quedaba pan en el super.

       Entró con el bombo al portal, quedamos en llamarnos, y ésa fue la última vez que lo ví vivo.

       Pasó el fin de semana, y el lunes por la tarde me llamó a casa Inge, la madre de Mauricio: le extrañaba que no le contestase al teléfono y se estaba empezando a preocupar. Le dije que me acercaría a ver qué pasaba y que la llamaría después.

       Fuí con el coche y aparqué por allí. Llamé al interfono y no me contestó nadie.

       Mauricio vivía en un entresuelo, y el balcón-ventana quedaba más o menos a la altura de mi cabeza. Me extrañó que los postigos estuvieran abiertos, y al asomarme, no me gustó nada ver, al fondo del pasillo, un parpadear de luz que indicaba que la tele estaba en marcha. Es verdad que podía habérsela dejado encendida al salir, pero yo sabía que en Proyecto Hombre le habían inculcado mucho a Mauricio la disciplina de la limpieza y el orden, y aquello no me cuadraba.

       Me acerqué al Cantor de Jazz, porque sabía que aquellos días Mauricio actuaba allí, pero Beatriz, la dueña, me dijo que no lo había visto.

       Cada vez más mosca, llamé a los vecinos de Mauricio, que tampoco supieron decirme si lo habían oído salir. Grité por la ventana abierta, sin resultado. Telefoneé a casa de Patricia, adonde alguna vez  iba Mauricio a ensayar. Se puso Rebeca, la madre de Patricia, que al saber lo que pasaba, dijo que acudía en taxi. A continuación marqué el teléfono del marido de mi sobrina, policía local, a quien expliqué la situación, así como mi intención de entrar por el balcón abierto a ver qué pasaba. Me dijo que ni se me ocurriera entrar, que acudía inmediatamente y que avisaba a los nacionales.

       Llegaron los dos casi a la vez, e inmediatamente después, un coche patrulla de la policía nacional. Era ya de noche. Uno de los policías, después de informarse bien de la situación, trepó por el balcón al interior y desde allí abrió la puerta del piso, dejando pasar únicamente al otro agente. A través de la ventana les vimos llegar al salón, donde la televisión emitía imágenes a la nada, y desde allí fueron abriendo las puertas de las habitaciones del pasillo. Al abrir la puerta del baño, el agente lanzó una exclamación y dio un paso hacia atrás. No hicieron falta explicaciones.

       Diez minutos después, la casa estaba ocupada por un montón de gente en uniforme y de paisano, hablando por móviles y saliendo y entrando de la casa. Alguien se asomó requiriendo a uno de nosotros para la identificación, supongo, y Rebeca entró y se asomó al baño. Se quedó un buen rato mirando sin poder decir nada, y finalmente asintió. A los demás no nos dejaron pasar. Después, un policía de paisano me interrogaba, y yo le contestaba mecánicamente, como un zombie, sin poder reaccionar. Mi única angustia en aquel momento era que yo le había prometido a Inge telefonearla cuando supiera algo. Y ¿cómo diablos le iba a decir que Mauricio estaba muerto quince dias después de haber perdido a su hermano mayor? 

       Por pura cobardía llamé primero a Olga, que llegó allí al minuto, llorando,  y después, no sé muy bien cómo, hablé con la madre de Mauricio. Mi recuerdo de aquella angustiosa conversación es confuso, pero creo recordar que, al enterarse de todo me dijo, desesperada: -"Ya lo sabía… lo supe cuando ví que no me llamabas…" 

       En las horas que se sucedieron llegaron la hermana de Mauricio, y Jaimito, que al recibir la terrible noticia, sólo acertaba a preguntar: -"¿Por qué …?"

       Se llevaron el cadáver de Mauricio, y nos quedamos allí, desorientados, deshechos. Yo tenía un frío y un cansancio enormes. No recuerdo cómo, ni a qué hora volví a casa, ni si dormí o no.
       
       A partir de ahí, la noticia saltó a los medios de comunicación, y con ella, el estupor primero, y después, las especulaciones de todo tipo, que no se hicieron esperar. A este respecto, y para dejar clara la situación, yo quiero asegurar varias cosas:

       En primer lugar que, contrariamente a lo que algunos se han atrevido a afirmar, Mauricio no se suicidó. Y  aún más, que su muerte no la causó una sobredosis, sino una reacción fatal a un tratamiento de choque contra la heroína en combinación con la misma.

       El funeral fue multitudinario, y las instituciones organizaron homenajes y actos.

       Nosotros perdimos a un amigo.
 







       

       La estancia en La Banda fue una experiencia única, no sólo en un plano musical, sino en un aspecto personal,  anímico. La convivencia con la familia y los amigos de Carlos Carabajal fue toda una prueba. Por un lado, hay costumbres que te descolocan, a las que no estás acostumbrado, o que no habías visto desde hacia mucho, y sin embargo, yo tenía todo el tiempo la impresion de estar formando parte de una familia. La despedida fue dura y emotiva.
       Había canciones compuestas antes de viajar a Argentina, como Ando Velando, zamba que no pudo llamarse la Amanecida porque ya existia una canción con ese nombre, o las Coplas de la Luna Vieja o La Carlos Chacarera, dedicada a Carlos Carabajal. Con todo este material y las versiones de otros temas, habiamos pensado hacer una grabación en pequeño formato.

       La idea de Mauricio era editar rapidamente un CD que nos permitiera conseguir algo de dinero para la estancia de Los Carabajales cuando vinieran a grabar el Sueño del Monte para el Pilar.
Carlos Arroyo

SEPTIEMBRE-OCTUBRE DEL 2000
       Las cosas se habían empezado a estropear algunos meses atrás: nos habíamos dado cuenta de que Mauricio, después de meses, había dejado de ser abstemio: una cervecita al principio, un carajillo después de comer, días más tarde... Se lo hicimos notar, y él dijo que no pasaba nada, que lo hacía conscientemente y que se controlaba. No nos gustó, pero tuvimos que contentarnos con eso.
       
       Un suceso terrible aconteció  unos quince días antes de la muerte de Mauricio. Habíamos estado tocando no recuerdo dónde, y después del concierto, que había ido muy bien, nos fuimos a celebrarlo al Marrano, una taberna que está detrás de La Seo, donde asan muy bien las sardinas. Allí estábamos los del grupo comiendo, bebiendo y bromeando con más amigos, cuando Mauricio, que había estado atendiendo una llamada a su móvil, nos dijo que lo sentía, pero nos tenía que dejar. Le pregunté, en medio de la bulla, si le pasaba algo, porque noté que le había cambiado la cara, y me contestó que si le podía dejar en casa.

       Salimos a la calle, y Mauricio iba en silencio, marcando un número de teléfono en su móvil. Al saltarle el contestador, dijo: -"Mamá, ve a casa de la tía, que a Pedro le ha ocurrido una desgracia". Colgó y me dijo: - "Mi hermano Pedro ha muerto..."
       
       Cuando llegamos a su portal de la calle Pizarro, me dijo que tenía que ir a reconocer el cadáver de su hermano. Yo sabía que la casa de la tía de Mauricio, donde vivía su hermano Pedro, estaba a un tiro de piedra de allí, y le propuse acompañarlo. Estaba muy triste. Me puso una mano en el hombro y me dijo: -"No, ya has hecho bastante: esto lo tengo que hacer solo..."

       Este suceso dejó muy marcado a Mauricio, y aunque nunca lo ví hundido o llorando, le pasó una enorme factura anímica.
       
       A pesar de esta desgracia, había mucho que hacer, porque estábamos a mediados de septiembre, se acercaban los pilares, venían algunos miembros de la familia Carabajal y había que preparar todo. Mauricio había estado tiempo atrás en conversación con Plácido Serrano, de la editorial Prames, para la producción del disco libro.

       Ellos estaban de acuerdo, pero planteaban colaboraciones a nuestro modo de ver extrañas, como que interviniesen en él Jose Antonio Labordeta, grupos de gaitas aragonesas, o el mismo título, Almagato en Buenos Aires,que ni a Mauricio ni a mí nos  gustaba, porque no tenía ninguna relación con el contenido.

       Hubiera sido, claro, un honor que el Abuelo  apareciera en el trabajo, pero creo que él mismo hubiera dicho que ni él ni los gaiteros tenían ninguna relación con este tipo de música..."- Ya les hará cambiar de opinión Carlos cuando venga ", decía Mauricio, refiriéndose a Carlos Carabajal. 

       En cualquier caso, todo este ajetreo no venía mal, porque parecía que la actividad diluía, o por lo menos distraía de la pena a Mauricio.

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    Roxana Carabajal es, además de guapísima, como su madre y su hermana Valeria, una persona encantadora, vital y simpática, y canta como los angeles: ambas son hijas de Graciela, la mayor de los hijos de Carlos Carabajal. Son, claro, nietas suyas, pero como se han criado en la casa de Carlos, al que adoran, le llaman papi. : - "¿Lo han visto a mi paápi?" se les oye decir con ese acento santiagueño tan peculiar.
       En esa ocasión llegábamos un poco tarde y ya estaban comiendo. Cuando entramos, uno de los comensales, que estaba de espaldas a nosotros, se levantó limpiandose la boca, y se volvió para saludarnos. Ví a Mauricio, que iba delante mío, quedarse rígido al darle la mano, y entonces me dí cuenta de que era Peteco quien nos saludaba. Ahí fue cuendo nos conocimos, y en la sobremesa, en la que, cómo iba a faltar la música, Peteco sacó una quena, se puso a tocar con ella, y luego me la pasó: era (es) una pieza bellísima, totalmente tallada en madera por un artesano boliviano al que conozco, Juan Achá, y recuerdo que toqué una vidala de los hermanos Abalos, De Lejos Parece un Humo. Peteco me preguntó qué me parecía el instrumento, y yo claro, le dije que era una maravilla, una obra de arte, con un sonido limpísimo, etc.,  y Peteco va y se repantinga en la silla y me dice: -"Llevála..."

       Yo no me lo creía. Al principio no pude reaccionar. Luego protesté. Dije que cómo me iba a quedar con semejante maravilla, pero Peteco no me dejó seguir, y yo le dije que por lo menos me dejase regalarle a cambio la quena que yo había traído, que casualmente era del mismo artesano, pero sin comparación, porque la mía era normalita, de las de caña. Recuerdo que fui llorando de la emoción a por ella. Después, comentando con Mauricio el episodio (yo seguía sin entender por qué, a las dos horas de conocerme, uno de los principales músicos de Argentina me regala un instrumento de su propiedad que yo sabía que era muy valioso). Mauricio, en uno de esos rasgos de su grandeza, me dijo: - "A lo mejor te la ha regalado porque te lo mereces..."
EL MISHQUI MAYU
A DIA DE HOY
( Septiembre de 2010 )


       Han pasado diez años. Creo que el camino que inició Mauricio tiene hoy continuidad, aunque no se puede decir que fuera fácil, sobre todo al principio. Hay que tener en cuenta que en el momento de su muerte estaban en marcha varios proyectos simultáneos, algunos de los cuales se truncaron y otros se pospusieron.
       
       Tras el dolor, la desolación y el abatimiento iniciales, se impuso el deseo de continuar porque así lo hubiera querido Mauricio: fuimos adelante con el concierto programado para el Pilar. En él no pudieron estar los miembros de la familia Carabajal que se habían comprometido a venir, no por voluntad de ellos, sino porque yo descarté su viaje, dadas las nuevas condiciones de la editorial: tras la muerte de Mauricio, pretendían que grabásemos medio CD Almagato y Carabajales, y el otro medio, completarlo con una recopilación de Más Birras. Yo consideré aquello una colosal muestra de mal gusto y oportunismo, que se apartaba diametralmente del proyecto de Mauricio, y decliné aceptar aquellos términos.

       Hubo que suplir musicalmente su figura, ( por otra parte insustituible ), en el escenario, y tuve que dejar las percusiones en manos de Patricia para recibir la guitarra que Mauricio ya no tocaría.
       
       En esos días de nervios, en los que tenía que reajustar cosas  con los técnicos del Ayuntamiento para el concierto del Pilar, coincidí en las escaleras con Daniel Ríos, responsable de Delicias Discográficas, que me comentó que Mauricio tenía hecha una solicitud de grabación para el Almagato, y que si queríamos aprovecharla. Le dije que lo consultaría con los demás y le daría una respuesta. Nos acordamos de que había pistas grabadas en estudios particulares con guitarras y voces de Mauricio que sumadas a las canciones compuestas por él, daban de sobra para un disco. 

       
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Pato
Carlos Gurpegui
       Esta temporada en La Banda nos permite conocer gente extraordinaria. A Luis Lazarte ya lo conocia yo de viajes anteriores. Mauricio traba rápida amistad con él gracias a la guitarra, de la que ambos son apasionados. Algo parecido ocurre con Alberto Ávila, músico y luthier, al que visitamos para conseguir un bombo, puesto que necesitamos uno para participar en el festival. El rollo es tan bueno, que al final le compramos varios.
       Así se grabó un CD que apareció en el 2002 y que tomó el título de una hermosa canción que Gloria Geberovich le dedicó a Mauricio, Para Volver A Nacer. Así se llamó el disco. En él colaboraron también Alberto Moreno, Luis Giménez y Mariano Ballesteros, saxofonista de Mas Birras. Contiene otras 16 pistas, de las que siete fueron  compuestas por Mauricio: La Angelita, Ando Velando, Flor De Escarcha, Alma Rota ( versiones 1 y 2), Buscando Voy Un Remedio, Como Mateando Silencios , otras cuatro por Mauricio y yo: Coplas De La Luna Vieja, Vidalita Del Viento, La Carlos Chacarera y Los Cinco Sentidos, más cinco versiones de autores argentinos: La Gracia Se Presentaba, Camino a Telares, La Añoradora, Hermano Kakuy y Viene Clareando.
       
       En esos meses se unieron al grupo Alberto Moreno, compañero del Amankay, Luis Giménez, que colabora ocasionalmente con el Almagato, y a partir de 2006, Maribel Lardiés, mi compañera en la vida y en la música, que ha sido pieza fundamental en la consolidación tanto del proyecto del Sueño del Monte como del propio grupo.

       El Sueño del Monte fue una producción propia, aunque, eso sí, con la ayuda impagable de muchos amigos que confiaron en nosotros, la colaboración desinteresada de otros muchos que aportaron sus conocimientos, su tiempo libre, su trabajo y su sensibilidad, más nuestro esfuerzo personal en tiempo, sueño y dinero, y una pequeña subvencion del Gobierno Aragonés.

       El disco libro tuvo, por lo tanto, que esperar seis años a llevarse a cabo, pero se hizo tal y como Mauricio lo había diseñado. Contiene también 17 cortes, de los cuales los dos primeros no son canciones, sino una introducción el primero, en la voz de Jose Ángel Rodicio, Rodo, responsable de La Campana de los Perdidos, y en el segundo unas palabras sobre Mauricio de Carlos Carabajal en su última estancia en Zaragoza. Después hay  versiones de 6 temas clásicos: Tradiciones Santiagueñas, La Finadita, Zamba Para La Viuda, Carnavalito Del Duende, Escondido De La Alabanza, Hermano Kakuy, y 8 temas nuevos: Guitarra Salamanquera de Luis Lazarte, una canción de Gloria Geberovich, Por Las Almitas En Pena, y dos temas que compuse con ella: La Violín Solano y Pachamama, Madre Nuestra. Hay dos composiciones íntegras de Mauricio, Pa Que No Baile Solita y Pa Que Lo Baile El Mandinga, una mía, la Vidala del Almamula,  y finalmente, El Sueño del Monte, una canción que hicimos juntos, y que da nombre al disco libro.

       Hoy seguimos recibiendo felicitaciones desde Argentina por este trabajo, que incluso ha sido propuesto para colegios e institutos de Santiago del Estero.


       



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