Roxana Carabajal es, además de guapísima, como su madre y su hermana Valeria, una persona encantadora, vital y simpática, y canta como los angeles: ambas son hijas de Graciela, la mayor de los hijos de Carlos Carabajal. Son, claro, nietas suyas, pero como se han criado en la casa de Carlos, al que adoran, le llaman papi. : - ¿"Lo han visto a mi paápi?" se les oye decir con ese acento santiagueño tan peculiar.
Guardo para el final el encuentro que más nos impactó a Mauricio y a mí, que fue conocer a quien hasta entonces era nuestro ídolo, y que a partir de ahí se convirtió además en nuestro amigo: Volvíamos de una excursion por Santiago, y como siempre, comíamos en casa de Carlos, en Alberdi 1345. La mesa de Carlos, enorme, siempre estaba llena de gente nueva a comer, y como los Carabajal son tantísimos, uno nunca sabe si el nuevo que tienes a tu lado es de la familia o no.
En esa ocasión llegábamos un poco tarde y ya estaban comiendo. Cuando entramos, uno de los comensales, que estaba de espaldas a nosotros, se levantó limpiandose la boca, y se volvió para saludarnos. Ví a Mauricio, que iba delante mío, quedarse rígido al darle la mano, y entonces me dí cuenta de que era Peteco quien nos saludaba. Ahí fue cuendo nos conocimos, y en la sobremesa, en la que, cómo iba a faltar la música, Peteco sacó una quena, se puso a tocar con ella, y luego me la pasó: era (es) una pieza bellísima, totalmente tallada en madera por un artesano boliviano al que conozco, Juan Achá, y recuerdo que toqué una vidala de los hermanos Abalos, De Lejos Parece un Humo. Peteco me preguntó qué me parecía el instrumento, y yo claro, le dije que era una maravilla, una obra de arte, con un sonido limpísimo, etc., y Peteco va y se repantinga en la silla y me dice:" -Llevála..."
Yo no me lo creía. Al principio no pude reaccionar. Luego protesté. Dije que cómo me iba a quedar con semejante maravilla, pero Peteco no me dejó seguir, y yo le dije que por lo menos me dejase regalarle a cambio la quena que yo había traído, que casualmente era del mismo artesano, pero sin comparación, porque la mía era normalita, de las de caña. Recuerdo que fui llorando de la emoción a por ella. Después, comentando con Mauricio el episodio (yo seguía sin entender por qué, a las dos horas de conocerme, uno de los principales músicos de Argentina me regala un instrumento de su propiedad que yo sabía que era muy valioso). Mauricio, en uno de esos rasgos de su grandeza, me dijo: - "A lo mejor te la ha regalado porque te lo mereces..."