Y cuando las cosas parecían ir poco a poco normalizandose, llegó el mazazo final.
Me acuerdo perfectamente del último ensayo de Mauricio con el Almagato, un sábado por la tarde en casa de Alicia, concretamente el 30 de septiembre: Pasé con el coche a recoger a Mauricio a su casa de la calle Pizarro. Parecía adormilado, y no hablamos mucho durante el trayecto. Serían como la seis de la tarde.
El ensayo fue muy raro, porque todo él fue una repetición continua del inicio de uno de los temas para el disco del Sueño del Monte, La Muerte del Angelito. Mauricio insistía una y otra vez en repasar los rezos que habían de acompañar a la introduccion musical de la canción. Así pasamos toda la tarde.
De regreso a casa, Mauricio me pidió que le dejase en la calle anterior, porque tenía que comprar el pan. Yo le dije que en todo caso, le esperaría en la puerta de su casa, porque llevábamos en el coche un bombo suyo, y yo no quería cargar con él todo el fin de semana. Cuando volvió, dijo que no quedaba pan en el super.
Entró con el bombo al portal, quedamos en llamarnos, y ésa fue la última vez que lo ví vivo.
Pasó el fin de semana, y el lunes por la tarde me llamó a casa Inge, la madre de Mauricio: le extrañaba que no le contestase al teléfono y se estaba empezando a preocupar. Le dije que me acercaría a ver qué pasaba y que la llamaría después.
Fuí con el coche y aparqué por allí. Llamé al interfono y no me contestó nadie.
Mauricio vivía en un entresuelo, y el balcón-ventana quedaba más o menos a la altura de mi cabeza. Me extrañó que los postigos estuvieran abiertos, y al asomarme, no me gustó nada ver, al fondo del pasillo, un parpadear de luz que indicaba que la tele estaba en marcha. Es verdad que podía habérsela dejado encendida al salir, pero yo sabía que en Proyecto Hombre le habían inculcado mucho a Mauricio la disciplina de la limpieza y el orden, y aquello no me cuadraba.
Me acerqué al Cantor de Jazz, porque sabía que aquellos días Mauricio actuaba allí, pero Beatriz, la dueña, me dijo que no lo había visto.
Cada vez más mosca, llamé a los vecinos de Mauricio, que tampoco supieron decirme si lo habían oído salir. Grité por la ventana abierta, sin resultado. Telefoneé a casa de Patricia, adonde alguna vez iba Mauricio a ensayar. Se puso Rebeca, la madre de Patricia, que al saber lo que pasaba, dijo que acudía en taxi. A continuación marqué el teléfono del marido de mi sobrina, policía local, a quien expliqué la situación, así como mi intención de entrar por el balcón abierto a ver qué pasaba. Me dijo que ni se me ocurriera entrar, que acudía inmediatamente y que avisaba a los nacionales.
Llegaron los dos casi a la vez, e inmediatamente después, un coche patrulla de la policía nacional. Era ya de noche. Uno de los policías, después de informarse bien de la situación, trepó por el balcón al interior y desde allí abrió la puerta del piso, dejando pasar únicamente al otro agente. A través de la ventana les vimos llegar al salón, donde la televisión emitía imágenes a la nada, y desde allí fueron abriendo las puertas de las habitaciones del pasillo. Al abrir la puerta del baño, el agente lanzó una exclamación y dio un paso hacia atrás. No hicieron falta explicaciones.
Diez minutos después, la casa estaba ocupada por un montón de gente en uniforme y de paisano, hablando por móviles y saliendo y entrando de la casa. Alguien se asomó requiriendo a uno de nosotros para la identificación, supongo, y Rebeca entró y se asomó al baño. Se quedó un buen rato mirando sin poder decir nada, y finalmente asintió. A los demás no nos dejaron pasar. Después, un policía de paisano me interrogaba, y yo le contestaba mecánicamente, como un zombie, sin poder reaccionar. Mi única angustia en aquel momento era que yo le había prometido a Inge telefonearla cuando supiera algo. Y ¿cómo diablos le iba a decir que Mauricio estaba muerto quince dias después de haber perdido a su hermano mayor?
Por pura cobardía llamé primero a Olga, que llegó allí al minuto, llorando, y después, no sé muy bien cómo, hablé con la madre de Mauricio. Mi recuerdo de aquella angustiosa conversación es confuso, pero creo recordar que, al enterarse de todo me dijo, desesperada: -"Ya lo sabía… lo supe cuando ví que no me llamabas…"
En las horas que se sucedieron llegaron la hermana de Mauricio, y Jaimito, que al recibir la terrible noticia, sólo acertaba a preguntar: -"¿Por qué …?"
Se llevaron el cadáver de Mauricio, y nos quedamos allí, desorientados, deshechos. Yo tenía un frío y un cansancio enormes. No recuerdo cómo, ni a qué hora volví a casa, ni si dormí o no.
A partir de ahí, la noticia saltó a los medios de comunicación, y con ella, el estupor primero, y después, las especulaciones de todo tipo, que no se hicieron esperar. A este respecto, y para dejar clara la situación, yo quiero asegurar varias cosas:
En primer lugar que, contrariamente a lo que algunos se han atrevido a afirmar, Mauricio no se suicidó. Y aún más, que su muerte no la causó una sobredosis, sino una reacción fatal a un tratamiento de choque contra la heroína en combinación con la misma.
El funeral fue multitudinario, y las instituciones organizaron homenajes y actos.
Nosotros perdimos a un amigo.